Pilar Urbano describe la “Gran desmemoria” de unos años que han marcado la vida de España

entrevista0408082014Los grandes protagonistas del libro, así aparecen en la portada, son el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez. A la vista de lo que se cuenta en el libro ¿no ha habido un cierto desequilibrio, o injusticia, en el reconocimiento popular a esos dos artífices de la Transición? ¿No merece Suárez un mayor reconocimiento? Está bien reciente el impresionante homenaje nacional a la figura de Adolfo Suárez, con quien todos teníamos, y tenemos una deuda histórica. Se retiró en discretísimo silencio, pero ha salido por la puerta grande, como un auténtico grande de España. Tardará mucho tiempo en nacernos otro político de esa estatura moral. En mi libro, el Rey y Suárez figuran en tándem. Y lo fueron durante años. Después sobrevino entre ellos una fortísima ruptura. Luego, un denso silencio. Y pasado el tiempo, la reconciliación entre dos hombres que se que- rían como amigos, y se tuteaban en la intimidad. Fue el Rey quien dio el primer paso de la ruptura, y también el Rey quien buscó la aproximación. Le escribió una carta de cinco holandesas y media: “Querido Adolfo: Hace mucho tiempo que no te escribo una carta larga…”

El Rey motor del cambio

El Rey admitía su error cuando se opuso a que Suárez legalizara el PCE: “Cuántas veces tú estuviste acertado, como en aquel jodido Sábado Santo”. En otro tramo, sobre el 23-F, don Juan Carlos se refería a “el ejercicio de generosidad que tú tuviste que hacer – y también yo – para que, a pesar de nuestros mutuos aciertos y errores…”. Una carta muy al estilo Borbón, con la que el Rey buscaba romper la muralla de hielo, hacer las paces, y que todo quedase en tablas.

P.- Siempre se ha dicho que el Rey fue ‘el motor del cambio’; sin embargo, en su libro se le ve dudar en distintos momentos, ¿quién fue realmente el autor de la democracia de partidos que tenemos en España?

R.- Es cierto que el Rey comenzó a reinar con todos los poderes de Franco, pero voluntariamente se despojó de ellos para devolvérselos al pueblo; y que sin su venia no se habría desmontado la dictadura. Pero no es menos cierto que el Rey hubiese preferido un ritmo de cambio más lento, menos lanzado y audaz que el que imprimió Suárez. El Rey se alarmó y protestó ante Suárez en distintos momentos, por ejemplo, cuando temía que se estuviera haciendo una Constitución atea, o que las autonomías descuartizaran a España, o quedando demasiado poder a los sindicatos de izquierdas se produjera una vuelta de la tortilla.

entrevista0308082014P.- Son conocidos los choques de Adolfo Suárez con algunos jefes militares remisos al proceso democrático, ¿cuál fue el papel del Rey como jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas en medio de esas tensiones?

R.- Los mandos militares eran recalcitrantemente franquistas, estaban acostumbrados a hacerse obedecer y tenían la fuerza de las armas. El Rey era y es, ante todo, un militar. Los conocía bien y comprendía sus reluctancias al cambio de régimen. Sabía que le aceptaban como epígono de Franco, como ‘el Rey de Franco’. Y tuvo que ser Suárez quien los pusiera firmes, quien les dijera claramente que no iban a ser un poder, sino unos funcionarios a las órdenes del poder político.

P.- El libro se basa en algunas fuentes inéditas, orales en muchos casos, ¿cómo ha sido el proceso de investigación?

R.- Como el criminal que vuelve al lugar del crimen, yo he vuelto a lugares donde ya había estado, he revivido sucesos que ya había presenciado, he hablado con personas a quienes ya había entrevistado… ¿Y por qué? Porque sabía que muchos episodios de la Transición, de los que informé mientras ocurrían, tenían su trastienda, su recámara, su zona oscura y era necesario entrar ahí, encender la luz, averiguar. El periodismo diario es frenético; el periodista al informar en presente describe la escena que ve, registra las declaraciones de los protagonistas, teclea sobre los hechos mientras están sucediendo, y pasa rápido a la noticia siguiente; pero intuye que detrás del telón había una tramoya, unos personajes que movían los hilos, unos intereses, una trama que en su día no llegó a descubrir. Es preciso dejar que pase el tiempo, esperar hasta que los que sabían y callaban pierdan el miedo a hablar. Un miedo que sólo se pierde cuando ya no se tiene nada que perder. Lo he comprobado con políticos, militares, empresarios, jueces, miembros del Servicio de Inteligencia… Me he asombrado al ver con qué libertad me contaban ahora lo que treinta años antes fingían desconocer. Pero es que… entonces tenían que administrar sus silencios, para conservar sus altos puestos.

ETA, la CIA y la muerte de Carrero Blanco

P.- De los muchos aspectos de interés del libro, hay una observación al comienzo acerca de cómo los pasaportes diplomáticos que se otorgaron a la familia de Franco en el primer Consejo de Ministros de la monarquía, eran una gran ventaja “para el libre tránsito de bienes y capitales”. ¿Le consta que lo usaran para esos fines?

R.- Sí, el Rey tuvo varios gestos de generosidad con la familia de Franco: les otorgó títulos no biliarios, una triple pensión vitalicia a la viuda del Generalísimo, protección policial, y esa franquicia de los pasaportes diplomáticos, a petición del marqués de Villaverde. Efectivamente los utilizaron. En cierta ocasión, a la duquesa de Franco le impidieron pasar la aduana en Barajas con un maletín repleto de joyas y objetos de valor que pretendía sacar de España. La verdad es que habían acumulado un importante patrimonio inmobiliario y tenían dificultades para venderlo. Este asunto de la fortuna de los Franco está cuantificado y documentado con abundancia de datos en mi libro anterior, El Precio del Trono.

P.- Insiste en algo a lo que se ha apuntado más de una vez, que en el atentado a Carrero Blanco ETA no estuvo sola, actuó con apoyo de la CIA. ¿Qué se sabe en concreto de esto?.

entrevista08082014R.- Yo investigué exhaustivamente el atentado de Carrero, para El Precio del Trono. De entonces a hoy no sólo no ha habido ningún desmentido, sino confirmaciones de expertos en explosivos militares y de miembros de los servicios de inteligencia. En síntesis, CIA aprovechó una operación en la que ETA trabajaba. Lo que iba a ser un secuestro se orientó hacia una voladura mortal. ETA cavó un túnel, cableó, y pulsó el interruptor; pero CIA reformó el túnel, dispuso la arqueta-hornillo y colocó la carga de C4, un explosivo altamente rompedor de uso exclusivamente militar estadounidense…CIA incluso hizo llegar a Kissinger un aviso urgente para que interrumpiera su viaje oficial a España y abandonase Madrid la víspera, del conocido magnicidio, por la tarde.

P.- Por otra parte – según usted – hay serias sospechas de que los Grapo eran una excrecencia policial de extrema derecha ? .

R.- Así lo sabían generales como Gutiérrez Mellado y Sáenz de Santa María, el ministro Martín Villa, el vicepresidente Abril Martorell, el diputado socialista Alfonso Guerra… El Grapo, la Triple A, los Guerrilleros de Cristo Rey, los pistoleros de Fuerza Nueva, nutridos bajo cuerda con información policial, eran grupos violentos radicales que intentaron boicotear la democracia.

P. – Fraga habla con militares para sustituir a Arias y hacer una democracia controlada, en la que -decía él claramente – la izquierda no tuviera posibilidades electorales; además de mostrarse de acuerdo con el terrorismo de Estado contra ETA. ¿Cuál es su valoración en perspectiva de la figura de Manuel Fraga?

R. – En efecto, Fraga pactó con los ministros militares un proyecto de Constitución que afortunadamente no prosperó. Hubiese sido rechazada por la oposición de izquierda y por las democracias europeas. Él quería ser demócrata, pero le traicionaba su instinto autoritario. Anteponía el orden a la libertad, a la libertad de reunión, a la libertad de expresión, a la libertad de sindicación… El Rey le decía a López-Rodó: “Laureano, Fraga tiene un montón de valores, pero hay que meterle la democracia en la mollera”. Con todo, Fraga evolucionó y encauzó hacia la democracia a mucha derecha reaccionaria. No es poco mérito.

P. – Dice usted en su libro que Suárez no fue el presidente “dirigible” que querían el Rey y Torcuato Fernández-Miranda y acabó enemistado con ellos. Hubo, desde luego, motivos políticos, pero el lector no puede dejar de ver el aspecto humano, la frialdad, el distanciamiento personal. ¿Qué importancia tuvo en esta historia el factor humano?

R.- Torcuato promocionó a Suárez como presidenciable porque decía “no tiene proyecto, es dirigible, y hará lo que yo diga”. Pero Suárez no resultó ser el muñeco títere que Torcuato pensaba. El divorcio se inicia cuando Suárez se encuentra secretamente con Carrillo, y sólo después informa a Torcuato. Más adelante, al ganar abrumadoramente las primeras elecciones democráticas, en 1977, Adolfo empieza a volar solo.

Ruido de sables de Armada

P.- Las presiones militares y las conspiraciones fueron reales, pero en el libro se da a entender que también hubo una exageración interesada de aquel clima conspirativo y gol pista para desbancar a Suárez. ¿Cuánto hubo de exageración, de montaje, en esto?

R.-La estrategia de la Operación Armada consistía en generar un clima ficticio de ”ruido de sables” y amenaza de golpes militares que hicieran casi deseable el recurso a la solución extraordinaria: un gobierno de concentración presidido por un militar. Ese runrún conspirativo tuvo su altavoz en la prensa, se inoculó a los políticos, y el Rey lo recibía día tras día en las audiencias militares. El general Armada fue un destacado “portavoz” de esas alarmas. Se trataba de eso, de asustar.

P.- En el “camino de despropósitos” que se emprendió tras las elecciones del 79 participó mucha gente – Herrero de Miñón, Anson, Múgica….. pero nunca han dado explicaciones ni han pedido disculpas. ¿Deberían haberlo hecho? ¿Lo echa de menos?

R. – Yo lo que eché de menos fue que los jueces militares no les exigieran procesalmente esas explicaciones. Pasaron de puntillas sobre la trama política civil. Diré más: se redujo al máximo el banquillo de militares imputados, y no se entró en implicaciones de civiles. Porque, claro, no eran sólo esos tres que usted menciona. En la lista del gobierno de Armada estaban muchos de una elocuencia escandalosa. Y ni uno sólo de los que figuraban ahí se ha atrevido a desmentirlo. Es muy fuerte que cinco de los siete “padres de la Constitución” hubiesen estado en la Operación Armada: Fraga, Peces-Barba, Cisneros, Herrero de Miñón, Solé Tura. Todos, menos Roca Junyent y Pérez-Llorca. En la lista de Armada también figuraba Anson como ministro.

P. – El Rey confió en Armada hasta el último momento. ¿En este caso, no fue tan buen conocedor de hombres como se dice que es, o tal vez le cegó la antigua relación que tenían?

R. – El Rey quería a Armada y se fiaba de él. Se fió hasta el último momento. Para de todos los militares, Armada era “el general lealísimo del Rey, la voz del Rey…” ese fue el naipe fuerte que Armada jugó. Se le veía como al hombre de Zarzuela. Y “vendió” al Rey, como solución para lo que él veía como “catastrófico estado de España” una fórmula espuria: echar a Suárez – sin tener en cuenta el mandato de las urnas – y sustituirlo por… “un general independiente, monárquico, de prestigio’” es decir, él mis mo. Suárez le previno en contra de Armada desde tres años antes, en 1977. Incluso, forzó al Rey a cesarlo como secretario y factotum de Zarzuela. Pero la relación entre ellos no se interrumpió.

P. – ¿Le preocupa lo que pueda llegar a molestar este libro?

R. – Más bien debería preocupar a quién se sienta señalado por algo que oscurece su biografía, y que hizo realmente, aunque hasta ahora no se haya puesto negro sobre blanco. Mi intención al investigar y al historiar todos estos hechos no ha sido en absoluto molestar, ni ofender, ni levantar ronchas… Sólo satisfacer el derecho ciudadano de obtener y transmitir información veraz, garantizado por el artículo 20 de nuestra Constitución. En ningún momento he tenido un animus iniuriandi; siempre, un correcto y sereno animus informandi. Es más, no me he permitido juzgar a las personas; sólo los hechos que construyeron historia. Es mi norma ética profesional.

El mensaje del Rey no menciona a Armada

P.- El libro contiene muchas re velaciones y consideraciones sobre el golpe del 23-F. ¿Quedan muchas preguntas por responder sobre el 23-F?

R. – Creo que en mi libro se deslindan bien la Operación Armada y el 23-F. Dimitido Suárez, la Operación Armada tendría que haber cesado: ya no había a quién derribar con una moción de censura. Pero Armada estaba “lanzado”, se sentía presidente in pectore, y no supo renunciar a esa ambición. Es, a partir del 10 de febrero, cuando intenta persuadir al Rey de que Calvo-Sotelo no es el hombre-solución…Pero como el Rey ya ha optado por Leopoldo, Armada y su staff del CESID, con el concurso de Tejero, improvisan en un fin de semana “el detonante de gran magnitud”: el tejerazo, el golpe manu militari que ”justifique” la solución extraordinaria de Armada postulándose para presidente ante un Parlamento encañonado. Ahora bien, con lo que no contaba Armada era que Tejero vetara su lista de Gobierno “para que sean ministros los socialistas y los comunistas no me he jugado yo los bigotes, ni mi carrera ni las de mis hombres”, dijo. Y en ese instante se descalabró el golpe. El mensaje del Rey, que por cierto no menciona a Armada, no se emite hasta que Armada sale de ha blar con Tejero y dice “he fracasado, este hombre está irreductible”. Leído hoy aquel breve texto, se ve que era lo suficientemente ambiguo como para amparar cualquier resultado que hubiese salido de aquella situación. entrevista208082014

P.- La investigación del 23-F ¿es un ejemplo de lo que no debe ser una instrucción judicial?

R.- Lamentablemente cierto. En “La gran desmemoria”, me refiero a los Juicios de Guerra sobre el 23-F como “un simulacro de Justicia”. Hubo toda suerte de anomalías, discriminaciones, reducción deliberada del banquillo de acusados, cambio de presidente, inadmisión de diligencias de pruebas y testimonios solicitados por los defensores, plantes de codefensores, incomparecencias de altos mandos militares, ”Amnesia” de la Operación Armada, ausencia absoluta de implicados civiles… Incluso se dió algún chalaneo que no sé si llamar “prevaricación’” que el presidente del Tribunal ofreció a Tejero con la absolución y libertad de sus oficiales de la Guardia Civil, si renunciaban a que declarase en Sala el socialista Múgica. Temían que, tirando de ese hilo, saliese toda la trama conspirativa política de parlamentarios, empresarios y periodistas VIP. Al publicarse la sentencia, Adolfo Suárez rompió su silencio y lanzó su artículo “Yo disiento”. Estoy convencida de que fue ese escrito el que movió la voluntad de Calvo-Sotelo para recurrir él también la sentencia y que el proceso culminara en la jurisdicción ordinaria, en el Tribunal Supremo. Pero ahí ya no fue posible ampliar más acusaciones. De modo que ya no fue posible otra cosa que hacer a justicia, “a dedo”.