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Aquellos maravillosos kioscos

aquellos-maravillosos-kioscosSi has sido niño durante los años 60, 70 y 80 sabrás qué son los recortables, los chicles Dunkin, las peonzas, las canicas, los sobrecitos de la serie Monta‐Plex (con sus soldaditos dentro), los cromos o cualquier pequeña y colorida figura de plástico inflado, material que tanto existia por aquella época. Todos estos preciados objetos compartían morada: el kiosco, ese lugar sagrado para niños de esas décadas.

Aquellos maravillosos kioscos es, definitivamente, una ventana para asomarse al pasado; y no con el fin de que nos invada la triste nostalgia, sino para traer esos entrañables años de nuevo al presente. De la mano de Juanpe y de su gran amigo Miguelín, los autores Juan Pedro Ferrer Pujol y Miguel Fernández Martínez llevan al lector, a través de narraciones basadas en hechos reales, de vuelta no solo a los kioscos, sino también a esos espacios cómplices de la infancia como el descampado, o a todo aquel lugar que se encontrara dentro de ese reino infantil: la calle.Allí, en aquellas vías y paseos sin apenas coches que circularan, los más pequeños echaban mano de las bolas locas, el yoyó, las ranitas Clic Clac o baratijas de plástico como las pistolitas de agua, cuando no preferían jugar con las muñecas de Famosa o los Geyperman; lo que fuera antes de ponerse a rellenar cuadernos Rubio. Todos estos juguetes quedan ilustrados y explicados (desde su origen hasta su modo de uso) por Juan Pedro y Miguel, que son, a su vez, autores de dos blogs perfectos para los más nostálgicos: El kiosco de Akela y Those were the days, respectivamente.

Pero este libro no es solo un gran catálogo de juguetes del pasado; también es una especie de diario escrito con la perspectiva que únicamente puede dar el tiempo. A cada capítulo le corresponde una narración con la que muchos se sentirán identificados, pues los que fueron niños en estos años podrán recordar el día de su Primera Comunión, los largos veranos, las Navidades o el Día del Domund hasta llegar a los billares, las tardes de charla y los domingos de cine; o, dicho de otro modo: la adolescencia, momento en el que los descampados dejaron de ser sitios donde jugar para pasar a ser los enclaves donde escondieron los primeros cigarros (mentolados, eso sí, advierten los autores).

Fue también en esa etapa cuando los ya jovencitos fueron alejándose de los kioscos, que, por entonces (finales de los setenta), vendían el célebre número de Interviú en el que Marisol aparecía desnuda y ya se habían focalizado en la venta de prensa escrita. Pero nunca es tarde. Todo aquello que ese maravilloso cubículo contenía queda ahora recopilado para siempre en este libro, perfecto para recordar y para curar la nostalgia en lugar de sufrirla.

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