El último viaje de Antonio Machado, un auténtico español
Según Ignacio Escolar, Director de elDiario.es, el último verso de Antonio Machado coincide con su último viaje en el año 1939, camino del exilio, ante el avance de las tropas del dictador Franco, que propiciaron que más de 400.000 españoles huyeran del terror franquista junto a otros muchos auténticamente españoles como lo era el poeta.
El último verso de Antonio Machado viajó con él en su camino más trágico. El poeta fue uno más entre el casi medio millón de exiliados. El 22 de enero de 1939 abandonó Barcelona, ante la inminente entrada en la ciudad de las tropas sublevadas. Primero en una ambulancia, por las carreteras colapsadas, hasta la frontera cerrada con Francia. Después a pie, entre el frío y la lluvia del invierno. De noche y sin más equipaje que el asma.
Machado, viejo y enfermo, aunque solo tenía 63 años. Huía con su hermano, con su cuñada y con su madre, una mujer octogenaria que en su delirio pensaba que volvían a Sevilla. Tardaron seis días en escapar desde Barcelona hasta Francia. Llegaron para morir. El poeta, a las tres semanas; la madre, tres días más tarde.
Fue su hermano quien encontró en la chaqueta de Machado un papel arrugado con ese último verso, ese poema inconcluso: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
En su camino al exilio, según distintos relatos, Machado llevó también un puñado de tierra desde España. Un trozo de su país con el que pidió ser enterrado.
Antonio Machado era tan español como Maruja Mallo. Como Luis Buñuel. Como Rafael Alberti. Como Pau Casals. Como Rosa Chacel. Como Clara Campoamor. Como Juan Ramón Jiménez. Como Arturo Barea. Como María Zambrano. Como todos los cientos de miles de víctimas de la represión franquista y del exilio republicano.
Como Antonio Machado, en 1939, solo hacia Francia escaparon 440.000 españoles. Al otro lado les esperaba un país hostil que los encerró en campos de internamiento. Algunos de esos republicanos acabarían luchando por esa misma Francia frente a la Alemania hitleriana. Miles fueron apresados y deportados a campos de concentración nazis, sobre todo a Mauthausen; allí murieron más de 4.000 españoles. Franco se desentendió de ellos: los despreció como apátridas.
“Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos, pero odio al que es español por ser español nada más”, decía Lorca en su última entrevista, solo dos meses antes de que lo asesinaran. “Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política”.
Lorca tampoco creía en esa “madre patria” que pide a sus hijos que mueran por ella. “En todo caso una madrastra como la de Cenicienta”, escribió en su juventud, en un texto contra el patriotismo. “¡Nunca puede ser madre nuestra la que según decís tenemos que dar la última gota de nuestra sangre por ella! (…) Eso no lo ordena ninguna madre. (…) Lo que nos envía a matar hombres contra la razón no puede ser madre. Hay que ser hijos de la verdadera patria. La patria del amor y de la igualdad”.
Esa España del amor y la igualdad no cabía en la España del dictador Franco. Los nietos de aquellos exiliados, al parecer, tampoco caben en la España que quiere Vox.
