OLGA RAMOS, siempre en el recuerdo

OR PEREZ DE LEON Desde muy pequeña Olga Ramos destacó por su  gracejo, entreteniendo a sus vecinos para los que organizaba actuaciones subida en un gran baúl que le servía de escenario  “¡Papá quiero ser artista!” le decía una y otra vez a mi abuelo que harto de escucharla y para desanimarla le puso como condición que estudiara un instrumento. Tenía 7 años.

Un día llamaron a la puerta y mis abuelos se quedaron de piedra: allí estaba  la pequeña Olga asida de la mano de un caballero que resultó ser un profesor del conservatorio. Un año más tarde ya estudiaba  música en la capital Pacense porque Olga Ramos  nació en Badajoz

Con 11 años, la familia se trasladó a Madrid donde continuó sus estudios en el Real Conservatorio de Música teniendo como profesores a dos virtuosos: Don Antonio Fernández Bordas, a su vez alumno de Pablo Sarasate y Don Enrique Iniesta.

Al terminar su carrera de violín con Primer premio de música de cámara, Olga Ramos se convirtió e en los años siguientes en figura imprescindible recorriendo toda España, por  lo que el periodistas Emilio Romero la denominó “la peregrina de los viejos cafés con música”.

Es en el Universal de Madrid, donde conoce a mi padre, Enrique Ramírez de Gamboa, compositor, poeta, arreglista e impecable intérprete de saxo, clarinete y bandoneón.

Mi padre queda fascinado y la conquista a golpe de verso. Se casaron en la primavera de 1947. A los 8 meses nací yo y no porque fuera ochomesina, si no porque, según me dijo mi madre, le vio tan bueno y enamorado que le dio un “adelanto”.

Permanecieron casi 20 años en aquel café…  juntos, toda una vida

La orquesta cosechaba triunfos inenarrables que yo presencié desde muy pequeña. En cierta ocasión, y tras interpretar “La Alsaciana”,  se acercó a mi madre un caballero que le preguntó: ¿Quién hace los arreglos, Olga? Y ella, llena de orgullo le contestó: Mi marido, Enrique. Y  entonces, el señor le dijo: Pues siendo cinco músicos, suenan ustedes  como una sinfónica y quien se lo dice es Jacinto Guerrero.

En otra ocasión, Pablo Sorozabal, después de escuchar a mi madre tocar “Katiuska” con tal perfección y sentimiento que se “oía” la letra, sentenció: Olga debería dedicarse sólo al violín. Quizás tenía razón pero se hubiera perdido una singular cupletista que se reinventó el cuplé

Pero volvamos al pasado. Estamos a finales de los 50, un nuevo invento iba a cambiar las cosas. Había llegado la televisión y  a las orquestas de los cafés las suplantó la “caja tonta”.

Fueron tiempos duros. La ancha acera frente al entonces Palacio de Gobernación, se convirtió en punto de encuentro de aquellos músicos en paro; la acera acabó llamándose: “la acera del hambre”.

Afortunadamente, el empresario del Café Varela les contrató y junto a Magda Martín, su pianista de toda la vida formaron  El trío OLGA

Allí permanecieron tres años en un ambiente bohemio e intelectual ya que a ese café acudían  poetas y escritores como Álvaro Retana,  Serrano Anguita, Alberto Insúa, Martínez Remis… Pero el Valera cerró para ser convertido en una cafetería ¡Qué sacrilegio!

Mis padres fueron grandes músicos pero de ello no hay grabaciones ni constancia gráfica, pero las cosas iban a cambiar.

En 1968 Olga Ramos, con 50 espléndidos años, debuta en un local de Madrid llamado El último cuplé. El público descubre una nueva forma de cantar el bello género y la televisión, que años antes había sido tan negativa, se convierte en su aliada y Olga alcanza en su alegre otoño, la popularidad que hubiera merecido cuando era una espléndida y joven mujer

Y llegó el tiempo de los reconocimientos. Estos son sus premios y distinciones más importantes: El ya mencionado Premio de Primera Clase en Violín, Medalla de Madrid al Mérito Artístico, Medalla del Trabajo, Medalla de Agustín Lara, una Calle en Badajoz, una glorieta en Madrid y una placa en la Fachada del edificio donde estuvo el Café Universal en la Puerta del Sol madrileña

El  25 de Agosto se cumplen  9 años de su partida pero Olga Ramos sigue en nuestro recuerdo.